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19 de agosto de 2014

Relatos indultados: Las memorias del incienso



Este relato lo escribí en marzo de 2005, el último mes de carrera... no sé si lo hice aquí en Caudete o todavía en Valencia... espero que os guste folks!

Luz se volvió a maquillar, le sentaba muy bien el pintalabios, el colorete... y todas esas cosas; debajo de su maquillaje, que se difuminaba con sus lágrimas, el terror.

            Hubo un tiempo en el cual Luz tuvo sueños, esperanzas, tuvo una vida y en esa vida era feliz. Ahora, los recuerdos de una adolescencia ufana se quedaban en el pasado que, sin duda alguna, fue mejor. Me hubiera gustado tener brazos y estrecharla fuerte contra mi pecho, hubiera querido ser su amante, su amigo, la hubiera convertido en una princesa...
           
            El maquillaje no era suficiente, nada es suficiente para tapar el silencio, pues se rompe consigo mismo, al pronunciarlo en el vacío. Mordía su labio inferior intentando dejar de llorar otra noche más. Y se cubría los preciosos ojos verdes con oscuras gafas que denotaban la ausencia de su propio ser, no era ella la que estaba viviendo esas pesadillas, no fue ella desde que se casó con él. Hubiese matado yo por no verla así, y contado uno por uno los lunares de su cuerpo. Su flequillo rubio era largo, y rizado en tirabuzones imperfectos que la hacían más bella si cabe, éste también era un escudo con el cual acallar sus voces. Se escuchaban éstas, implacables, en bares y cafeterías donde las señoras de bien toman café y pastas de coco. Pero había una voz que sólo susurraba, lamentándose en su desdicha, que no podía hacer frente a tal vorágine de sandez: la voz de Luz, que un día fue mágica. Se levantaba de su silla y se ponía la rebeca gris que le regalaron por su cumpleaños hace ya tiempo, como símbolo de su negación. Encendía uno tras otro esos cigarrillos que ennegrecían su interior, un interior marcado por los golpes de un monstruo terrorífico a la que ella solía llamar “cariño”, antes de salir de su habitación y dejarme solo en la cómoda, se percataba de que el que maltrata estuviera tan borracho que no pudiera ni hablar. Abría la puertecilla chirriante apenas unos centímetros, y con el mínimo ruido, luego salía evitando gritos desgarradores que provenían de un cansado sillón, para trabajar en un apartamento burgués, limpiando el polvo que tragaba sin rechistar, a cambio de los duros que su verdugo gastaba en el mal. Recuerdo que antes tenía el paso firme, y sus tacones altos volvían locos a los muchachos del barrio que soñaban con conquistar su gran corazón, ahora unas zapatillas blancas deambulaban inertes por un viejo salón, para perderse entre las brumas necias de los callejones de la desidia.

            El ogro roncaba como una bestia, y la televisión emitía esos desastrosos sonidos de vergüenza y repulsión. Mientras yo me iba apagando suavemente, aromatizando una vida llena de hedor; mientras iba muriendo mi fuego y mi humo se entristecía en mi interior. Me dormía a veces pensando que Luz y yo estábamos juntos... pero al despertar me daba cuenta de que Luz ya no tenía luz. Y que la sombra de la violencia y el miedo velaban los carretes del júbilo y la juventud.
            Había sido así siempre, una vez tras otra. Las noches llegaban eternas a nuestra habitación, la obligaba a meterse con él en la cama... pero no tenía potencia el muy cobarde, sería de tanto alcohol, y la pegaba. No recuerdo muy bien cuándo fue la vez que dejó de gritar cuando esto sucedía, cansada de que su poder se viera anegado por falta de pericia, de amor, de sensibilidad, de certeza y por los caprichos inanes del destino fatuo que la llevó a morir por dentro, como moría. Nadie quería escuchar el terror, los oídos se volvían sordos con la costumbre, y los vecinos no hablaban porque no tenían ganas, porque la indiferencia venció el honor, porque a nadie le importaba si Luz se había apagado entre las llamas de la ineptitud. Cuánto hubiera llorado por su nombre si tuviera ojos...

            Un día no volvió pronto del trabajo, un día tuvo algo que decir... regresó a casa más tarde de lo normal y, mientras ese ser sin escrúpulos, impío, malnacido y cabrón no cesaba de gritar con una garganta que debió ser sesgada hacía ya demasiado tiempo, escondió afanosa y con disimulo un papel en mi cajón. No describiré los golpes, no las palabras aterrorizadas de Luz, no diré nada... sólo quedó el silencio tras un fuerte portazo bañado en alcohol, sólo permaneció el llanto apagado entre jirones de sábanas manchadas de sangre, sólo un sonido gutural y vacío en un éter cohibido, en un soplo vano de inconsciencia, de estupor y malicia, de agresividad incontenida, de los clavos de una cruz.
            Cuando Luz se durmió echa un pingajo, y las lágrimas dieron paso a las pesadillas y los despertares de sudor frío, agonizantes en noches de tristeza infinita que no han de volver, leí el papel que había dejado Luz en mi interior, entre barritas de incienso, había denunciado por sexta vez al hombre bestia con el que yacía en un matrimonio horrible, tal vez ésta sería la buena, pensé.

            Luz no pudo ir a trabajar al día siguiente, ni si quiera podía levantarse del sucio lecho para ir al hospital y que sanasen sus heridas físicas, otras no podrán sanar. No hizo café, no esperó en la cocina ni preparó comida alguna, sólo murmullaba para sí palabras inconcebibles, inaudibles para otros, incluso para mí; y su voz se tornó un hilillo constante de susurros y quejidos hasta desaparecer para luego volver.
            A eso del mediodía, unas llaves se movieron tras la puerta que da al exterior... y en su mirada el pánico, pavor único que inspira desconfianza y brutalidad marital. Cogió una silla, la primera entre una y el Infierno, apostó la puerta chirriante de su habitación loca, y cogió un teléfono que pedía a gritos ser utilizado para el bien, mientras la bestia inhumana golpeaba pidiendo algo que saciara su hambre una puerta marchita, un umbral de codicia violenta: “me va a matar”.

            Dicen que el tiempo es relativo, que pasa más deprisa o más despacio según el contexto y la práctica: se hicieron sempiternos los minutos que separaron la respuesta y la llamada. Voces de mando surgieron de las ubres del pasillo, y entraron rompiendo la madera que las separaba de lo más insano del instinto, llevándose consigo a un hombre enloquecido, asistiendo a una mujer que ya no sabía si era una mujer o era una mierda. No volví a ver a Luz hasta varios días después, encendió mi fuego y sonrió mirando por la ventana, los moratones y las cicatrices estaban mejor... limpió con la ayuda de una prima la casa, y tiró a la basura todo aquello que pudiera recordarle al bárbaro incivil: ropas, relojes, fotos, sombras, fieras; útiles, inútiles, cosas, recuerdos, sangres y latas de cerveza.
            A quien no he vuelto a ver en meses es a él. Y río cada vez que se despierta Luz en un lecho cambiado, en una casa diferente, en un aire impregnado de olvido y nuevos colores. Perfumo ahora una casa donde hay dicha.

            Luz no volvió a maquillarse, y cortó sus tirabuzones rubios para dejar al descubierto su bello rostro de mujer libre, su mirada era ahora del verde de los campos de trigo cuando florecen; y su ego resplandece en el piso con vida que antes sólo databa muerte.
            Y su rebeca gris no ha salido del armario nunca, hoy una cazadora vistosa, de cuero negro y tachuelas en las mangas, unos vaqueros ajustados que la hacen más esbelta, unos tacones que pisan fuerte por donde pasan, y el suelo mismo tiene miedo a romper la magia de su figura al andar; y las cotorras de las cafeterías callan, y Luz ha recuperado la luz con la que toda mujer ha de brillar, pues son los seres más maravillosos que han podido pisar esta cruel tierra.

 

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